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Gabriela Montero: la búsqueda de la perfección sonora

El pianista, musicólogo y profesor Eduardo Plaza nos ofrece en este artículo su aproximación personal y profesional al disco de Gabriela Montero y la Orquesta Municipal de Caracas producido en 2006 por la Fundación para la Cultura Urbana


Hablar de Gabriela Montero no es tarea fácil. Su carrera artística ha sido atestiguada por la mayoría de los músicos venezolanos y aclamada por la crítica internacional. Su técnica prodigiosa y sus cualidades casi sobrenaturales de improvisación son tema de conversación obligado dentro de los círculos más importantes del mundo pianístico. Sin embargo, uno de sus rasgos más interesantes no ha sido, en mi opinión, debidamente discutido o analizado, y se trata de la excepcional conciencia sonora que esta artista posee.

Durante dos años tuve la oportunidad de trabajar con ella en calidad de alumno regular y pude observar con detalle y, más importante aún, poner en práctica, los principios básicos de su técnica pianística. Para Gabriela la calidad del sonido es una de las cualidades más importantes del estudio del piano y, lamentablemente, un aspecto generalmente subestimado por profesores y estudiantes. Recuerdo haber pasado una hora de clase tocando solamente una nota con el dedo índice hasta lograr los resultados ideales. De inagotable paciencia, su labor como pedagoga sembró en mí una mayor conciencia sobre este aspecto capital de la técnica que, en su origen, se refiere primordialmente al arte y belleza del sonido y no únicamente a la destreza mecánica o limpieza en la  ejecución como muchos así lo creen.  Recuerdo a Gabriela trabajando una obra, o incluso leyéndola por primera vez: repetía incansablemente un pasaje hasta que estuviese completamente satisfecha con el resultado sonoro, aunque el mismo estuviera perfectamente listo para ser ejecutado en público. Más aún, una sola nota podía perturbarla si no tenía la calidad esperada. Estas exigencias a nivel de la producción sonora fueron la causa, según palabras de la artista, de una revisión completa de su técnica de juventud. Si bien sus improvisaciones son producto de una inspiración inexplicable e inconsciente –no son cognoscibles y no siguen ningún esquema preestablecido–, su técnica pianística es el producto de una profunda reflexión, que tomó años en perfeccionarse, y que gira en torno a la calidad del sonido. Desde los movimientos más simples del brazo, aprovechando al máximo la relajación muscular y la economía de recursos, hasta los pasajes más complicados, no hay, en la técnica de esta gran pianista, un momento de aspereza o de sonoridades duras. Hay que entender esto, pues se piensa en general que Gabriela Montero es una pianista intuitiva únicamente, cuando en realidad, tiene un lado sumamente intelectual que le ha permitido optimizar su técnica pianística con un único propósito: la belleza de la sonoridad.

El disco de Gabriela Montero producido por la Fundación para la Cultura Urbana, y que cuenta con la participación de la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas dirigida por Rodolfo Saglimbeni, es un claro ejemplo del talento multifacético de la pianista venezolana. En su interpretación sobre la Rapsodia en Azul de George Gershwin (versión de Paul Whiteman para "jazz band" y sección de cuerdas) la artista no sólo muestra una capacidad técnica impecable, sino una concepción muy acertada de la obra, pues su ejecución, de carácter improvisatorio, se amolda perfectamente al espíritu del Blues norteamericano. En Oblivion de Astor Piazzola, vemos una vez más el genio de Gabriela, al improvisar in situ sobre la primera frase del oboe al mismo tiempo que la obra se desarrolla. No solamente sorprende la capacidad imaginativa de la artista sino la anticipación al esquema armónico y al estilo de la obra, necesarios para lograr esta tarea. En la obra de Juan Carlos Núñez Autorretrato de Ramón Delgado Palacios, podemos apreciar la altísima calidad de su sonoridad, y en las tres improvisaciones que integran el resto del disco, podemos oír, una vez más, la sorprendente capacidad creativa de la artista venezolana.

Es justamente esta creatividad espontánea, que surge de la inspiración pura, el rasgo más sobresaliente de estas improvisaciones. A diferencia del estilo jazzístico, en donde el ejecutante sigue un patrón armónico determinado, la improvisación temática –desarrollada y explotada por grandes genios como Beethoven– es un arte que ha prácticamente desaparecido. Gabriela Montero no sólo es capaz de crear una obra original en el momento, sino que puede adaptar su lenguaje musical al estilo de un compositor o a un género específico, desde Bach a Scriabin y desde el tango hasta el Jazz. De hecho, no conozco artistas que, en la misma noche, puedan interpretar el tercer concierto para piano y orquesta de Rachmaninov de forma magistral y, al mismo tiempo, ofrezcan improvisaciones geniales con temas sugeridos por el público. En este disco de Gabriela, grabado en parte en estudio y en parte tomado de ejecuciones en vivo, podemos apreciar los dos aspectos fundamentales de esta artista venezolana: una técnica pianística del más alto nivel, con una sonoridad excepcional, y una capacidad de improvisación sin parangón en el mundo musical.

Eduardo Plaza



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Eduardo Plaza, musicólogo y pianista venezolano, es profesor de análisis musical e historia de la música en la Universidad Simón Bolívar y dirige la revista electrónica Musicaenclave (www.musicaenclave.com)



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