"Una de vaqueros", de Carlos Ávila, es un estupendo relato, redondo y sin embargo abierto, circular a pesar de su aparente sistema de narración deshilachada. Lo deshilachado es un efecto maestro de la lengua con la que Ávila ensaya este ensayo narrativo, completo y hermoso, sobre las amistades repentinas o, para ser exactos, sobre la amistad en general. La casualidad, las leyendas andinas, las cartas, las historias de calle y los cuentos de la intimidad se amasan mutuamente y amansan el tono de la narración, que ya en unas pocas líneas se ha ganado al lector hasta el final.
"Santiago, otra visita", de Eduardo Cobos, ofrece un impecable tejido de microhistorias y detalles que se van tramando como al descuido, como al ritmo de la vida, pero que obedecen acaso a una estructura muy bien pensada, a una armazón delicadísima y efectiva. De raíz chejoviana –que el autor llamaría scottfitzgeraldiana– el relato retoma los modos de la crónica periodística y la intervención de personajes públicos o literarios chilenos –Gladys Marín, Roberto Bolaño, Pedro Lemebel– para convertirse en un trozo puro de literatura y vida que finge ser un relato ejemplar o viceversa. Cabe anotar la calidad de su escritura y, por otro lado, la continuidad en la exploración de un universo íntimo del que Cobos ha dado muestra antes con Pequeños infectos (2005).
"Pájaros que evocan pájaros", acaso el título más hermoso de los de esta antología, es un cuento extrañísimo e inquietante. La autora, Ana García Julio, logra dibujar un círculo casi perfecto entre la realidad y el sueño, a través de una narración reflexiva, plena de imágenes logradas y con una atmósfera propia de film de Alfred Hitchcock.
En "Los durmientes", de Miguel Hidalgo, estamos ante uno de esos cuentos en los que poco pasa y ese poco pasa rápido. Síntesis de la historia y de los personajes, anécdota sencilla, narración limpia, tono bien logrado, escritura casi siempre ejemplar, imágenes magníficas o pequeñas hermosuras, como las llamaba Quiroga. Así éstas, por ejemplo, mientras el narrador contempla a Mollie Sue durmiendo: "Parecía una frase corta enroscada en la lengua del colchón" (43) o "Dormía mejor que nadie, como estrangulada sobre el hielo" (47).
"Urbe de nota y golpe", de Gisela Kozak, pone en escena de manera notable un fragmento de la vida de un hombre que se siente fracasado en "una ciudad color miseria que no permite que la olvidemos ni por un segundo" (55). Un concierto de música sinfónica es la excusa que le permite ir evocando sus fracasos amorosos, laborales, existenciales, y mientras la sinfonía avanza un suceso mínimo se va convirtiendo en incomodidad y posible escándalo. Un relato que logra hacer entrar al lector en su línea de tensión progresiva, al tiempo que hace una radiografía de uno de los costados problemáticos de Caracas y sus habitantes.
"Demonios del backyard", de Mario Morenza, es un relato original, envolvente y también caótico. Aunque el lector se pierda un par de veces (y quizás le toque hacerlo), es indudable que el autor tiene madera de narrador. El relato parte de la evocación de la adolescencia de un sujeto, de sus veranos junto al mar, de su primer amor –que tendrá larga vida– y va develando así ciertos misterios, creando una tensión que sólo al final intenta resolver como de golpe, entre sangre y policías. La escritura, sin embargo, es de calidad y apela a reescrituras de textos de otros narradores (Arreola, Monterroso) así como a ingeniosos juegos de palabras creados por los personajes (cronóstico, concialiar, garraspera, solencio, conmersar).
"Combo para tres" de Rafael Victorino Muñoz es la puesta en escena de una anécdota, de un relato oral. La fijación escrita de un cuento echado. Con mucho humor y algo de suspenso, apelando a un juego de persecuciones y testigos que arman y rearman la historia, el cuento es, además, en sus diálogos, su atmósfera y el modo de comportarse de sus personajes, una representación fidelísima de una cierta manera de ser típicamente valenciana. El autor, sin embargo, se desempeña con mayor calidad, a mi modo de ver, en el relato brevísimo, género que exploró con éxito en sus primeros libros: Pretextos (1996) y Alba para dos ciegos (1997), por ejemplo.
En "Día libre", Leopoldo Tablante demuestra la calidad de una cuidadosa composición. La mirada del narrador se centra en un personaje y luego, de repente, en otro. La tensión de esta mirada doble va creciendo cuando las historias de ambos personajes se cruzan en una sola historia, la de un golpe maestro, y luego vuelven a separarse. En el fraseo del autor y en su gusto compositivo se siente la madera del novelista, de quien está en el cuento de paso, como entrenando para relatos de mayor longitud y envergadura.
"Después del Swing", de Víctor Vegas, es un cuento extraño, crudo, bukowskiano, donde un narrador cínico y ebrio va contando las peripecias de una noche peculiar, de tragos, putas, riesgos y amenazas. A Vegas no le falta pasta de narrador, pero el cierre del cuento resulta algo absurdo e increíble, acaso a tono con toda la historia del personaje. Otra cosa que detiene al lector de tanto en tanto –que suspende la fluida lengua del relato– es el uso frecuente de cambios de tiempos verbales de manera si no arbitraria, sí sospechosa; pero tal vez esto tiene que ver con el bilingüismo del personaje protagónico o con ciertos modos de reproducción de la oralidad de la urbe.
El último relato, "Réquiem para Quevedo", de Ricardo Waale, parte de una idea original y plena de humor negro, pero a la venezolana. Su mérito mayor, acaso, sea el de mantener la consistencia del relato y llevar adelante la fúnebre historia usando prácticamente sólo diálogos. Un logro hemingwayano que no suele verse mucho en nuestra narrativa y que, en el trabajo de Waale, aplaudimos.
Y con este texto de funerarias y robos de banco cierra esta antología panorámica de nuestra reciente narrativa urbana. Porque está bien claro que el rol de una antología como ésta no es otro que el de ofrecer un panorama, mostrar una visión, un ángulo de lo que se está haciendo en la narrativa venezolana actual. Mérito más que suficiente, realidad que acepta el lector al pactar con ella. Quince que cuentan muestra la obra en proceso de varios narradores cuyas visiones de mundo están, sobre todo, cocinadas al fuego de lo urbano, regidas por una mirada que se debe a la vida en la ciudad, al contagio de sus vicios, oportunidades y fantasmas, a la convivencia grata o no con sus peculiares personajes. Algunas de las corrientes y modos de narrar que pueden verse esbozados en los cuentos de varios de estos narradores podrían tener continuidad –si se mira hacia atrás, algunos ya la tienen en su obra publicada– o también iniciarse y cesar en este mismo libro. Nada garantiza que a futuro, en la obra de estos autores, el humor se haga dolor; la queja, gracia; la repetición, exploración lexical novedosa; que el relato erótico dé paso al de horror; que la crudeza desaparezca en el trazo escritural de la elegancia; que el minimalismo devenga barroco y así sucesivamente. No obstante, esta antología muestra lo que hasta hoy hay, lo que hasta hoy están haciendo quince sujetos, muchos de ellos narradores a toda prueba, unos pocos más narradores en tránsito que acaso abandonarán más temprano que tarde las filas del relato, regalándose a lo lírico, ensayístico, dramatúrgico o, por qué no, al silencio. He allí el mérito de Ana Teresa y Héctor Torres. Su muestra ofrece una parte de lo que hay. Y lo que hay incluye, siempre, la gran calidad y la timidez aún irresuelta de algunas búsquedas. Un termómetro justo, exacto, preciso, de la variada y variable temperatura de nuestras letras.
Roberto Martínez Bachrich